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Etnomusicología vs Arqueología musical

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • hace 5 días
  • 2 Min. de lectura
campana y reloj sobre el agua

La música deja huellas. A veces son evidentes, como una partitura olvidada en un archivo. Otras veces aparecen enterradas bajo toneladas de tierra, grabadas en piedra, escondidas en una flauta de hueso o resonando dentro de una cueva hace 30.000 años. Y es ahí donde dos disciplinas fascinantes —y a menudo confundidas— entran en escena: la arqueología musical y la etnomusicología.

Aunque sus nombres parecen títulos de asignaturas capaces de vaciar una universidad en cinco minutos, ambas esconden algunas de las historias más sorprendentes relacionadas con el sonido.

La Arqueología musical tiene algo de CSI acústico. Su trabajo consiste en reconstruir cómo sonaban civilizaciones desaparecidas a partir de restos físicos. Instrumentos rotos, relieves, teatros antiguos, cerámicas, huesos perforados o piedras que suenan al golpearlas. Sí, literalmente piedras musicales. Los arqueólogos musicales no solo desentierran objetos: intentan devolverles la voz.

Gracias a ellos sabemos que hace decenas de miles de años ya existían flautas fabricadas con huesos de aves y mamuts. Algunas siguen funcionando. Y cuando se reproducen sus notas en laboratorio ocurre algo inquietante: no suenan “primitivas”. Suenan… humanas. Cercanas. Como si alguien del Paleolítico acabara de hacer una prueba de sonido.

La Etnomusicología, en cambio, mira menos al objeto y más a las personas. Le interesa entender qué papel juega la música dentro de una cultura: rituales, identidad, comunicación, trance, guerra, celebración o espiritualidad. Un etnomusicólogo puede pasar meses grabando cantos tribales en Mongolia, estudiando percusión africana o analizando cómo funciona socialmente una rave en Berlín. Porque sí, técnicamente una sesión techno también puede estudiarse como fenómeno etnomusicológico. El bombo a negras como elemento antropológico. No estamos tan lejos del ritual ancestral como pensamos.

Y aquí llega lo interesante: ambas disciplinas terminan encontrándose. Porque reconstruir un instrumento antiguo no sirve de mucho si no entendemos para qué se utilizaba. Y estudiar una cultura sonora actual puede ayudar a interpretar restos arqueológicos del pasado.

En el fondo, las dos persiguen la misma obsesión: descubrir cómo el ser humano empezó a utilizar el sonido para algo más que sobrevivir. Para emocionarse, reunirse, comunicarse… o quizá simplemente para disfrutar del placer universal de hacer ruido.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 
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