Banda sonora sobre ruedas
- Juanma de Casas

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 10 ene

Hay carreteras que parecen hablarte. O mejor dicho: zumban, vibran y ronronean como si tu coche hubiese decidido improvisar un solo de percusión sin consultarte. Son las llamadas bandas sonoras viales, unas heroínas discretas del asfaltado moderno que, sin electrónica, sin DSP y sin una mísera fuente de alimentación, logran algo que ni el mejor asistente de conducción: captar tu atención con puro sonido.
Y lo hacen con un método tan sencillo como brillante: frecuencia por repetición.Cada vez que un neumático pasa por una de estas bandas rugosas —ya sean hendiduras fresadas o pequeños relieves añadidos al pavimento— se produce un microgolpe. Un “tick”. Y si hay una fila de “ticks” espaciados regularmente… bueno, cualquier técnico de sonido sabe lo que viene después: periodicidad, fundamental, tono. El coche, sin saberlo, empieza a cantar.
La nota que escuchamos depende de dos factores muy poco poéticos pero tremendamente musicales; la separación entre bandas (el paso) y la velocidad a la que circulas.
Si establecemos la sencilla relación Frecuencia = Velocidad / Separación, el fenómeno se vuelve cristalino. A 100 km/h (27,8 m/s) pasando por bandas separadas 15 cm, obtenemos unos 185 Hz, esa especie de “bajo enfadado” que hace vibrar el volante y te recuerda que estás pisando donde no debes. Baja la velocidad y el tono cae; acelera y sube. Una auténtica pitch-bend highway edition.
Lo mejor es que estas bandas no están ahí para hacer ruido sin más. Tienen la clara misión de despertar al conductor somnoliento, de avisarnos cuando traspasas el límite del carril, evitar invasiones del sentido contrario, y alertar de zonas peligrosas. Son un sistema de seguridad pasivo que utiliza algo tan universal como el sonido y la vibración para decirte: “Eh, amigo, rectifica ya”. Y funciona incluso si llevas la radio alta o estás distraído.
Pero el mundo del asfalto también tiene su lado creativo. En Japón, Corea y Dinamarca existen las llamadas melody roads, auténticas pistas musicales que reproducen melodías cuando pasas a la velocidad correcta. Sí, melodías: afinadas, calculadas y perfectamente audibles. Allí, la separación entre ranuras no solo responde a criterios de seguridad, sino a intervalos musicales. Las notas se “dibujan” directamente sobre la carretera con la misma precisión con la que un luthier talla un diapasón, solo que a escala civil.
El truco está en cambiar el espaciado entre bandas para obtener diferentes frecuencias, componiendo así frases melódicas. ¿Quieres un mi, un sol, un si? No necesitas un sinte modular: basta con variar los centímetros entre cada ranura. Por supuesto, todo está calibrado para que la pieza se interprete únicamente si conduces a la velocidad recomendada. Aceleras demasiado y la carretera te regaña con un remix acelerado e involuntario; vas demasiado lento y suena como si la pista estuviera en warp negativo.
En cualquier caso —sea un tono grave de advertencia o una melodía turística— lo fascinante es lo mismo: la carretera se convierte en un instrumento musical. Un instrumento que no utiliza cuerdas, ni membranas, ni columnas de aire, sino coches, neumáticos y asfalto. Un instrumento que explota principios acústicos básicos para cumplir funciones muy prácticas.
La próxima vez que una de estas bandas haga vibrar tu coche, quizá no puedas evitar escucharlo con orejas de ingeniero de sonido. Ahí está: un patrón repetitivo que genera un tono fundamental. Un diseño tan mundano como elegante. Una pieza de sound design público que utiliza la física para cuidar de nosotros.
Y, quién sabe, quizá también una invitación a imaginar futuras carreteras afinadas en La440. Solo por el gusto de que, por una vez, el tráfico vaya en ritmo.
Juan Tarteso apoya este artículo



