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La sonificación. Cuando los datos empiezan a escucharse

  • Foto del escritor: Sandra Martínez
    Sandra Martínez
  • 23 ene
  • 2 Min. de lectura
persona durmiendo con radio y cascos al lado

Durante décadas nos han enseñado a mirar los datos: gráficas, curvas, mapas de calor, espectrogramas. Todo muy visual, muy cartesiano. Pero hay un giro interesante —y cada vez más necesario— en la forma de analizar la información: escucharla. Ahí entra en juego la sonificación.

La sonificación no consiste en “poner sonido a algo porque queda bonito”. No es una banda sonora para números aburridos. Es algo mucho más serio (aunque no esté reñido con lo lúdico): usar el sonido como herramienta de análisis. Convertir datos, procesos o fenómenos en parámetros sonoros —frecuencia, ritmo, amplitud, timbre, espacio— para que el oído haga lo que mejor sabe hacer: detectar cambios, irregularidades y patrones temporales.

Conviene aclarar un malentendido habitual. Si grabamos un ultrasonido de un murciélago y lo bajamos varias octavas para escucharlo, eso no es sonificación estricta. El sonido ya existía; solo lo hemos hecho audible. Eso se llama audificación. La sonificación empieza cuando el fenómeno no era sonido (o no lo era directamente) y diseñamos una traducción sonora para representarlo. No escuchamos “el dato”, escuchamos una interpretación controlada del dato.

¿Por qué esto es tan potente? Porque el oído humano es extraordinariamente sensible al tiempo. Percibe microvariaciones, aceleraciones, repeticiones que se escapan a una gráfica estática. Un patrón que “chirría”, literalmente, puede delatar un error, una anomalía o un cambio de estado antes de que nadie lo vea en pantalla. Por eso se usa en campos como la sismología, la medicina, la astronomía o la climatología, la NASA, sin ir más lejos, lleva años sonificando datos espaciales para explorar campos magnéticos, radiación o dinámicas planetarias imposibles de “escuchar” de otra forma.

La sonificación no es una varita mágica. No explica nada por sí sola. Si no sabes qué estás escuchando, solo oyes un paisaje sonoro curioso. Además, el sonido emociona, y eso puede sesgar la interpretación si el diseño no es riguroso. Una mala asignación de escalas o parámetros puede llevar a conclusiones tan erróneas como una gráfica mal rotulada. No sustituye a lo visual. Lo interesante es la combinación: ver y oír los datos, activar dos sistemas perceptivos a la vez. Cuando se hace bien, la sonificación no embellece la información, la revela.

En el fondo, la sonificación es una idea sencilla y poderosa: hay cosas que no se entienden mejor mirándolas más fuerte, sino escuchándolas con atención. Y para quienes trabajamos con sonido, no deja de ser una pequeña revancha sensorial: por una vez, el oído no acompaña al análisis. Lo lidera

Dicreto Simone apoya este artículo

 
 

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