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Boom sónico: Cuando se llega a la velocidad del sonido

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 26 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 días

Persona tapándose los oídos al escuchar un avión

No importa si estás en tierra, en mitad del campo o bajo un cielo despejado: de repente, un trueno seco, redondo y fugaz sacude el aire. No es tormenta, ni cañonazo, ni meteorito. Es un avión que ha decidido romper —literalmente— el silencio de la atmósfera. Y ese estampido que escuchas, ese “boom sónico”, es el sonido del aire perdiendo la compostura.


Cuando un avión viaja por debajo de la velocidad del sonido (≈ 343 m/s a temperatura ambiente), genera ondas de presión que se expanden hacia adelante y hacia los lados —como las ondas que forma un barco en el agua—. Pero al acercarse al límite, a la velocidad Mach 1 (1234,8 Km/h) las cosas se ponen tensas: el aire empieza a comprimirse, las ondas se amontonan unas sobre otras, y el avión se encuentra, literalmente, chocando con su propio sonido.


En ese instante ocurre algo poéticamente violento: las moléculas de aire ya no tienen tiempo de apartarse y se forma una onda de choque, una pared invisible donde la presión cambia de golpe. Cuando el avión la atraviesa, rompe esa barrera de compresión, y esa energía se libera en forma de un doble estallido que se propaga como un cono hacia el suelo. Es el célebre cono de Mach, una especie de megáfono supersónico que arrastra su propio trueno.


Y aquí viene lo más curioso: el boom no suena en el momento en que el avión “rompe” la barrera, sino cuando ese cono pasa por encima de ti. Por eso, aunque el avión ya esté a kilómetros de distancia, el cielo te devuelve el eco de su osadía. Técnicamente, no hay una explosión. No se quema nada, no se rompe nada (salvo, quizás, la calma de los vecinos). Solo una súbita discontinuidad de presión que nuestros oídos interpretan como un estallido.


El fenómeno fue durante décadas un problema acústico y político. En los años 60, cuando los cazas y el Concorde empezaron a surcar los cielos a velocidades supersónicas, las ciudades se quejaron de cristales temblando y ventanas que parecían sonar con su propia percusión. Por eso hoy, el vuelo supersónico sobre zonas habitadas está prohibido casi en todo el mundo. El “boom sónico” es fascinante… siempre y cuando no pase justo encima de tu casa.


En la práctica, el boom no es único, sino doble: un golpe por el morro y otro por la cola del avión. Si escucháramos con precisión, suena como dos palmadas separadas por unas décimas de segundo. Y aunque la energía implicada es tremenda, sigue siendo puro sonido: presión y movimiento, un fenómeno tan físico como musical, solo que en una escala poco apta para micrófonos comunes.


Los ingenieros lo saben: el Mach no es solo una cifra, sino una frontera sensorial. Por debajo de ella, el aire fluye; por encima, se comprime, ruge y grita. El boom sónico es el grito del aire al ser empujado más rápido de lo que puede escapar. Y, de algún modo, también es el aplauso que el cielo le devuelve a quien se atreve a correr más que el sonido.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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