Branding sonoro: La identidad del sonido
- Juanma de Casas

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Una marca puede tener un logotipo impecable, un eslogan redondo y una paleta de colores que haría llorar de emoción a cualquier diseñador gráfico. Pero si al encender el móvil, arrancar un coche eléctrico o entrar en una app todo suena igual… algo falla. Porque sí: las marcas también tienen “voz”. O deberían tenerla. Y no, no hablamos del locutor corporativo con dicción de anuncio de los 90, sino del branding sonoro, esa disciplina que convierte el sonido en identidad y que, cuando está bien hecho, se cuela en tu memoria con la precisión de un disparo de sample perfecto.
El término suena moderno (y lo es), la idea tiene más años que el jingle de Wheaties de 1926 —que literalmente salvó una marca de cereales gracias a cuatro cantantes y un micro de radio— (ejemplos recurrente y precursor de esta ciencia). Pero si nos ponemos estrictos, podríamos viajar aún más atrás: las campanas de las iglesias, las melodías de los pregoneros o el martilleo distintivo del herrero del pueblo eran, en el fondo, identidades sonoras avant-la-lettre. Cada sonido decía quién estaba ahí y qué ofrecía. No existían los logos, pero sí las firmas acústicas. Luego llegarían la radio, la televisión y los primeros logos sonoros oficiales, como las tres notas de NBC en los años 20. Y ya en los 80 y 90, el concepto acabaría tomando forma como disciplina estratégica gracias a estudios dedicados exclusivamente a diseñar personalidades sonoras.
A partir de aquí surge la gran pregunta: ¿por qué funciona tan bien la identidad sonora? Porque ataca directamente a varios sistemas clave del cerebro. Un sonido reconocible activa las áreas emocionales antes incluso de que podamos analizarlo, se fija en la memoria con ayuda del hipocampo y se vuelve familiar gracias a los circuitos de predicción. Esa combinación dispara pequeñas dosis de recompensa —sí, dopamina— y además capta la atención, guía la orientación espacial y despierta asociaciones multisensoriales: colores, texturas, temperaturas, sensaciones. En resumen, convierte un fragmento acústico en un estímulo emocional, reconocible y, sobre todo, memorable.
Y aquí es donde la cosa se pone realmente interesante para quienes vivimos entre DAWs, analizadores y sesiones de mezcla: hoy el branding sonoro no es solo música ni jingles. Es psicoacústica aplicada. Es diseño de timbre como ADN. Es pensar cómo suena un valor, una idea, una experiencia. ¿Minimalista? Quizá un pulso limpio con transitorios suaves. ¿Tecnológico? Un híbrido entre síntesis con carácter digital y una reverberación que recuerde espacios futuristas. ¿Cercano? Puede que un acorde mayor ligeramente desafinado, lo justo para sonar humano sin perder profesionalidad. La marca se vuelve sonido… y el sonido, narrativa.
Además, el sonido se ha vuelto ubicuo. Asistentes de voz, coches eléctricos, auriculares inmersivos, interfaces hápticas, dispositivos que hablan entre sí. Todo emite algo, y ese “algo” puede ser una cacofonía o una firma reconocible. Y con el auge del audio inmersivo y la mezcla basada en objetos, el branding sonoro entra en una nueva dimensión. Literalmente. Ya no basta con decidir “qué suena”, sino también desde dónde suena. Un logo sonoro posicionado en un espacio 3D puede reforzar la marca igual que lo hace un logotipo animado. O más.
Podemos llamarlo como queramos —branding sonoro, identidad sonora, firma acústica, sonotipo—, pero el objetivo es el mismo: conseguir que un sonido sea tan inequívocamente propio como un logo. Que tres notas, un timbre o incluso un simple click te digan quién está detrás antes de que aparezca el nombre. Que una marca suene tan ella misma como huele, se ve o se siente.
Porque, en el fondo, el branding sonoro es una de esas artes invisibles que parecen simples hasta que intentas hacerlas tú. Es destilar una marca entera en unos segundos de audio. Es construir una personalidad sin una sola palabra. Es componer para la memoria.
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