¿Cuántos surcos tiene un disco de vinilo?
- Juanma de Casas

- 29 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 6 días

A simple vista, un disco de vinilo parece un catálogo infinito de líneas concéntricas, como si alguien hubiera dibujado una huella dactilar perfecta a base de paciencia. Durante décadas hemos hablado de “los surcos” del vinilo en plural, dando por hecho que ahí dentro hay miles. Pero no. Y aquí está la sorpresa que siempre funciona incluso entre técnicos curtidos: un disco de vinilo tiene solo dos surcos. Uno por cada cara.
Cada cara del disco alberga un único surco continuo en forma de espiral. Empieza cerca del borde exterior y avanza lentamente hacia el centro. La aguja no decide, no elige pista, no salta entre caminos paralelos: simplemente sigue ese surco único, leyendo todo lo que ocurre en él. Lo que el ojo interpreta como cientos de surcos distintos son, en realidad, las vueltas sucesivas de un mismo canal, tan próximas entre sí que engañan a la vista.
La pregunta inevitable es: ¿y qué hay realmente grabado ahí dentro? La respuesta es tan elegante como brutalmente física. El surco es la música. No una representación simbólica ni un código intermedio, sino la transmisión directa del sonido analógico. Las vibraciones del aire, captadas por un micrófono, se convierten en movimiento mecánico durante el proceso de corte. Ese movimiento desplaza el buril que talla el disco maestro, creando ondulaciones microscópicas en las paredes del surco. Cuando la aguja vuelve a recorrerlo, el proceso se invierte: movimiento mecánico, señal eléctrica, sonido. Sin traducciones abstractas. Sin ceros ni unos.
Si ponemos números sobre la mesa —porque sabemos que aquí nos gusta hacerlo—, una cara de un LP de 33⅓ rpm con unos 20 minutos de duración contiene del orden de 650 a 700 vueltas de surco. La aguja recorre cientos de espirales completas mientras avanza apenas unos centímetros hacia el centro. Desenrollado, ese único surco sumaría cientos de metros de información sonora continua, grabada con una precisión que roza lo obsesivo.
El formato no es precisamente nuevo. El vinilo, tal como lo conocemos hoy, se consolidó a finales de los años 40, cuando Columbia lanzó el LP de 33⅓ rpm en 1948. Desde entonces ha pasado por su edad dorada, su supuesto funeral —con la llegada del CD y más tarde del audio digital— y, contra todo pronóstico, su resurrección. Para poner una cifra contrastada: desde 2020, las ventas de vinilos superan a las de CDs en varios mercados, incluido Estados Unidos, con decenas de millones de copias vendidas cada año. No es nostalgia pura: es un soporte que sigue teniendo sentido cultural, técnico y estético.
Y quizá parte de su encanto esté precisamente ahí. En que toda esa música —una sinfonía, un directo de club, una voz susurrada— cabe en un solo surco por cara, largo, continuo y frágil. Dos caras. Dos surcos. Y un recordatorio silencioso de que, a veces, la tecnología más sencilla es también la más fascinante.
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