Decibelios negativos: más allá del silencio
- Juanma de Casas

- 29 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 4 días

Si alguien te dice que ha medido −20 dB de ruido, no es que haya encontrado un agujero negro acústico: es que está jugando en la liga de los laboratorios extremos, allí donde el silencio no solo se oye… se aguanta.
Empecemos por el famoso 0 dB SPL. Lo usamos a diario, pero a veces se olvida que no significa “no hay sonido”, sino “nivel de referencia cercano al umbral de audición humano” en condiciones muy concretas. A partir de ahí, todo lo que suene por encima suma decibelios… y lo que cae por debajo se vuelve negativo. No es que haya “menos que nada”, es que hay menos presión que ese estándar pactado de referencia. Matemática, no mística.
En ese contexto aparecen las cámaras anecoicas. En laboratorio, el récord Guinness actual del “lugar más silencioso” lo tiene la cámara anecoica de Orfield Laboratories (Minneapolis), con unos −24,9 dBA medidos. Hablamos de un espacio cuidadosamente aislado y recubierto de material absorbente que se traga reflexiones y ruido de fondo hasta rozar el límite de lo medible. El resultado es desconcertante: el exterior desaparece y de pronto el escenario sonoro principal lo ocupan tus latidos, tu respiración, incluso el roce de las articulaciones. De ahí la fama de que aguantar mucho tiempo cuesta: el “límite de 45 minutos” viene sobre todo de relatos y titulares populares más que de un umbral fisiológico universal.
De ahí sale otra idea potente: el silencio absoluto no existe en nuestra naturaleza. Siempre hay movimiento molecular, ruido térmico, vibración de estructuras, flujo sanguíneo… Lo que sí podemos hacer es acercarnos a un silencio funcional: un entorno donde el ruido externo es tan bajo que el limitante pasa a ser tu propio cuerpo y el umbral de tu sistema auditivo.
Y es justo esa paradoja —que el “silencio perfecto” resulta incómodo— la que está detrás del diseño de muchos sistemas de enmascaramiento sonoro en oficinas y espacios corporativos. No se busca llegar a −20 dB, y mucho menos a −24,9, sino crear un colchón controlado de ruido de fondo que estabilice el ambiente, oculte conversaciones y resulte más habitable que el vacío acústico.
En resumen: los decibelios negativos no son un fallo conceptual, sino la pista de que estamos midiendo en la frontera entre la física del sonido y los límites de nuestra propia percepción.
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