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¿Dónde suena esa alarma?

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 17 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 23 ene

personas atentas al escuchar una alarma

Te pasa algo muy humano: de repente suena una alarma, se te dispara la tensión, pero tu cerebro se queda con la gran pregunta: “vale, ¿y de dónde viene esto?”. No dudas de qué suena, lo que falla es el GPS acústico. Y ahí es donde el tema se pone jugoso para quienes vivimos rodeados de espectros, ITD, ILD y demás fauna psicoacústica.


La mayoría de alarmas y sirenas concentran buena parte de su energía entre 1 y 3 kHz. No es un capricho del fabricante ni una coincidencia estadística: es psicoacústica pura. El oído humano es especialmente sensible en esa zona, gracias a la resonancia del canal auditivo y a la forma del pabellón. Es, en cierto modo, la “zona VIP” de nuestra curva de sonoridad. Eso significa que, con relativamente poco SPL, una señal ahí suena muy presente, insistente y difícil de ignorar. Justo lo que quieres cuando la prioridad es que alguien despierte, evacúe o deje inmediatamente de hacer algo peligroso.


A partir de ahí aparece una idea bastante extendida: “en ese rango las cosas son más difíciles de localizar”. Y como casi todo en audio, la respuesta real es un “sí pero no” con matices. Nuestro sistema auditivo se apoya principalmente en dos pistas para ubicar una fuente en el plano horizontal: diferencias de tiempo entre oídos (ITD) y diferencias de nivel (ILD). Las ITD funcionan especialmente bien a bajas frecuencias, donde la fase sigue siendo una referencia clara. Las ILD, en cambio, se vuelven dominantes a frecuencias más altas, cuando la cabeza empieza a proyectar una sombra acústica apreciable y un oído recibe claramente menos nivel que el otro.


¿Dónde está la trampa? En la franja de transición, justo alrededor de 1–2 kHz. Ahí, las ITD basadas en fase empiezan a volverse ambiguas para tonos casi puros, mientras que las ILD aún no tienen todo el protagonismo que alcanzan más arriba, en 4–8 kHz. Si en ese rango colocas un tono estrecho, muy sinusoidal, en un entorno complejo, la localización puede volverse menos precisa, y el cerebro duda un poco más al señalar con el dedo: “viene de allí”.


Pero las sirenas y alarmas reales, por suerte, no suelen ser un sinus de 1,5 kHz tirado a pelo. Lo habitual es que sean señales con cierta anchura de banda, con armónicos, barridos de frecuencia, modulaciones de tono e intensidad, transitorios marcados… Todo ese contenido extra reparte información útil por otras zonas del espectro, incluidas las frecuencias altas donde entran en juego las pistas espectrales del pabellón (las famosas HRTF) que nos ayudan a distinguir delante/detrás y altura. Es decir: una sirena bien diseñada no es intrínsecamente “ilocalizable” por el simple hecho de usar 1–3 kHz como columna vertebral.


Entonces, ¿por qué en la vida real a veces parece imposible saber dónde está el dichoso coche de policía o de qué esquina viene la alarma de incendios? Porque no escuchamos en una cámara anecoica, sino en calles estrechas, túneles, aparcamientos, pasillos y coches cerrados. En esos escenarios el campo reverberante compite seriamente con el directo, las primeras reflexiones pueden engañar al efecto precedente y “colocar” mentalmente la fuente donde no está, y el ruido de tráfico, motores o música enmascara parte de las pistas espaciales finas. Añade a la ecuación las resonancias y filtrados del habitáculo de un coche y ya tienes el cóctel perfecto para que tu GPS auditivo pierda un poco la señal.


Así que la próxima vez que oigas una sirena y tardes unos segundos en orientarte, no le eches toda la culpa al rango de 1–3 kHz. Ese tramo de espectro está ahí para que la alarma gane la batalla de la audibilidad. Los problemas para responder a “¿dónde es la alarma?” suelen venir más bien del entorno, de lo estrecha o compleja que sea la señal y de cómo tu cerebro lidia con ese pequeño caos acústico en tiempo real.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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