El cono del silencio
- Juanma de Casas

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Hubo una época en la que los espías no confiaban en algoritmos, ni en cifrados cuánticos,
ni en IA. Confiaban en cacharros con botones grandes, luces rojas y nombres rimbombantes. Entre ellos, el legendario Cono del Silencio. Y aunque hoy se haya convertido en un icono del absurdo tecnológico, su historia —y lo que representa— merece ser contada, sobre todo si trabajas con sonido y alguna vez te has preguntado cómo demonios aislar una conversación sin acabar gritando dentro de una pecera de plástico.
Todo empezó en 1965, con la serie de televisión Get Smart (Superagente 86), creada por Mel Brooks y Buck Henry, una parodia deliciosa del mundo del espionaje. El protagonista, el agente Maxwell Smart, era un profesional del despiste, un héroe torpe rodeado de gadgets imposibles. Y entre ellos estaba su famoso zapatófono, y su obra cumbre: el Cono del Silencio, una especie de domo transparente que bajaba majestuosamente del techo cuando había que hablar de algo ultrasecreto. La idea era sencilla: dos personas dentro, una conversación confidencial, y ni un decibelio escapando al exterior.
La realidad, claro, era otra. En cuanto el cono descendía, el diálogo se convertía en un festival de confusión acústica: resonancias internas, filtraciones, atenuaciones caprichosas y una inteligibilidad más baja que la de un walkie-talkie con batería moribunda. Los personajes acababan gritándose o, resignados, levantando el armatoste para oírse mejor. El resultado era cómico, pero escondía una crítica muy inteligente: la tecnología mal entendida puede complicar más de lo que resuelve.
Desde entonces, el Cono del Silencio trascendió su papel de atrezo para convertirse en metáfora universal del secretismo inútil. En política, en empresas o en grupos de WhatsApp, “imponer un cono del silencio” significa que nadie debe hablar de un tema... aunque nadie entienda muy bien por qué. Y como toda buena sátira, la expresión ha sobrevivido a su contexto original, reciclada por décadas de cultura popular.
Pero si dejamos el humor un momento, ¿sería posible construir un Cono del Silencio real? Técnicamente, aislar el sonido en un espacio abierto es casi una utopía. El sonido no es un rayo que se puede desviar, sino una onda que se expande en todas direcciones y rebota en cualquier superficie que le deje. Para lograr lo que el artilugio de Maxwell Smart pretendía, haría falta una combinación casi mágica de absorción acústica total, cancelación activa y geometría controlada. Algo así como una burbuja anti-ondas perfectamente sincronizada con la voz de quien habla. Y aunque existen prototipos de “burbujas de silencio” basadas en cancelación activa, de momento siguen siendo experimentales y muy limitadas.
Así que no, el Cono del Silencio no existe… al menos no fuera de los estudios de televisión o de las pesadillas de un ingeniero de sonido con presupuesto infinito. Pero su espíritu sigue vivo, recordándonos algo esencial: la tecnología del sonido no consiste en añadir capas y dispositivos, sino en entender el medio. Porque a veces, para conseguir silencio, basta con cerrar la puerta, no con construir una cúpula de plexiglás.
Y quién sabe, quizá algún día un grupo de ingenieros logre crear el verdadero Cono del Silencio: un campo de cancelación sonora perfecto, portátil y transparente. Hasta entonces, seguiremos soñando con él… pero gritando un poco para que se nos oiga.
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