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El silbido como idioma

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 10 ene
  • 2 Min. de lectura
personas silbando

Silbar es una de esas acciones sonoras que parecen menores. Algo espontáneo, casi infantil. Se silba para llamar, para anunciar desagrado o alegría, para pasar el rato o para incomodar al vecino. Sin embargo, en algunos lugares del mundo, silbar no es un gesto: es hablar. Literalmente. Con gramática, con sintaxis y con la capacidad de transmitir ideas complejas a kilómetros de distancia.


El ejemplo más famoso es el silbo gomero, en la isla de la Gomera, en las Islas Canarias. Pero no es un caso aislado ni una excentricidad folclórica. Existen lenguajes silbados en zonas montañosas de Turquía, México, Grecia o África occidental. Todos responden a una misma necesidad acústica: cuando el terreno se impone y la voz hablada se queda corta, el silbido gana la partida. Un silbido bien proyectado puede recorrer varios kilómetros con una claridad que haría sonrojar a más de un sistema de megafonía mal ajustado.


Desde un punto de vista técnico, el asunto es fascinante. El habla humana es rica en armónicos, formantes y matices tímbricos. El silbido, en cambio, lo reduce todo a lo mínimo: una señal prácticamente monofrecuencial. No hay espectro complejo, no hay riqueza armónica… y aun así, hay lenguaje. ¿Cómo es posible? La clave está en la modulación. Las vocales se traducen a alturas concretas del silbido; las consonantes aparecen como transiciones rápidas, interrupciones, ataques o caídas abruptas de frecuencia. Es una compresión extrema del mensaje lingüístico, casi un “codec humano” optimizado para la distancia.


Lo realmente sorprendente no ocurre en el aire, sino en el cerebro. Estudios de neuroimagen han demostrado que quienes dominan estos sistemas activan las mismas áreas cerebrales que cuando escuchan habla convencional. El cerebro no “oye silbidos”: oye lenguaje. Da igual que la información venga envuelta en armónicos complejos o en una sola frecuencia desnuda; si el patrón es lingüístico, el cerebro lo reconoce como tal.


Para técnicos e ingenieros de sonido, el silbido como idioma es una lección incómoda y brillante a la vez. Nos recuerda que la inteligibilidad no depende necesariamente de la fidelidad, del ancho de banda ni del número de vías. Depende de qué información es realmente imprescindible y de cómo se codifica. Todo lo demás es lujo.


Quizá por eso el silbido nos resulta tan inquietante. Es voz sin voz. Lenguaje reducido a su esqueleto acústico. Un recordatorio de que, a veces, con una sola frecuencia bien modulada basta para decirlo todo.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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