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El sonido como medida

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 26 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días

diferentes sistemas de medidas: decibelios, regla de medir, viento...

Subsónico, supersónico, hipersónico, transónico… Un abanico de prefijos que parece sacado de un álbum de cromos futuristas, pero que en realidad son simples maneras de ordenar el mundo en función del sonido. Nada de poético aquí, puro pragmatismo físico. Y, aun así, es difícil no encontrar cierta belleza en el hecho de que una vibración en el aire se haya convertido en una regla universal: una especie de metro invisible que mide lo rápido, lo extremo y lo inaudible de nuestro universo tecnológico.


Porque si algo ha conseguido el sonido —y sin pedir permiso— es convertirse en unidad de referencia.

Mach 1 no es un invento de marketing aeronáutico, sino la velocidad a la que viaja un pequeño empujón de presión a través del aire. Ese soplido, a 343 m/s, sirve para decidir si un avión es “rápido” o “suficientemente rápido como para que la atmósfera empiece a quejarse”. A partir de ahí, todo encaja: subsónico si vas por debajo, supersónico si lo rompes, transónico si estás en el filo y el aire no sabe si comportarse como un fluido obediente o como un adolescente en plena rebeldía. Y si ya superas Mach 5, entras en terrenos hipersónicos, donde la física se vuelve creativa y el aire se calienta tanto que parece estar considerando una carrera en la fusión nuclear.


Pero lo curioso es que buena parte de estos términos no hablan de sonido en sí, sino de cosas que usamos el sonido para clasificar. Un misil hipersónico no emite vibraciones más allá de lo normal (al menos no hasta que llega demasiado cerca); simplemente se desplaza a múltiples veces la velocidad a la que se propaga el sonido. Igual que el Concorde no era un “avión más ruidoso”, sino uno que vivía en ese territorio donde la presión del aire se rompe en un boom que ha asustado a más de un rebaño de ovejas.


El sonido también funciona como medida cuando nos movemos hacia los límites de la percepción. Ahí aparecen el infrasonido y el ultrasonido, dos zonas que suenan a ciencia ficción pero que están muy presentes en la naturaleza y en la tecnología.

Los infrasonidos viajan bajo nuestros pies, en terremotos, volcanes o grandes tormentas, y llevan información que la ciencia explota con entusiasmo. Los ultrasonidos, por el contrario, han terminado en quirófanos, sensores, radares y hasta en limpiadores de gafas que prometen magia. Ninguno de ellos es audible, pero todos se clasifican a partir de un mismo origen: esa franja de 20 Hz a 20 kHz que llamamos “oír”.


Al final, lo verdaderamente fascinante es que no fue el sonido quien buscó ser una medida, sino la física quien lo adoptó porque estaba ahí: estable, consistente, universal. Una vibración humilde que terminó en lo más alto del pódium métrico. Tanto, que hoy ordena velocidades, clasifica máquinas, define rangos enteros de frecuencias y hasta pone límites al comportamiento de un fluido en movimiento.


Así que la próxima vez que escuches hablar de Mach 3, de ultrasonidos de alta resolución o de infrasonidos atmosféricos, piensa en esa ironía deliciosa: un fenómeno tan efímero como el sonido ha terminado siendo una de las herramientas más sólidas para medir el mundo.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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