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Escuchar hasta la muerte

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 21 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 23 ene

conexión mente

En muchos hospitales y unidades de paliativos circula siempre la misma recomendación: Háblale, aunque no responda. El oído es lo último que se pierde.” Suena a frase de pasillo, a consuelo rápido… pero hay más fundamento del que parece, tanto fisiológico como filosófico.


Desde el punto de vista biológico, el sistema auditivo es un auténtico resistente. Mientras el cuerpo va apagando funciones —movimiento, respuesta ocular, capacidad de hablar— la cadena oreja–oído interno–tronco del encéfalo–corteza auditiva puede seguir trabajando un tiempo más. No hablamos solo de que el tímpano siga vibrando, sino de que el cerebro continúa reaccionando a cambios en los patrones sonoros. Algunos estudios con EEG en pacientes en fase terminal muestran que, incluso cuando ya no hay respuesta externa, el cerebro todavía genera actividad específica cuando cambia una secuencia de sonidos.


Otra cosa, claro, es la consciencia. Que haya actividad cerebral ligada al sonido no significa necesariamente que la persona “oiga y entienda” como tú ahora mismo. En estados críticos –coma, sedación profunda, agonía– el cerebro puede procesar estímulos sin llegar a montar una experiencia consciente nítida. Pero ahí es donde la perspectiva del audio nos da un matiz interesante: puede que no haya comprensión semántica completa, pero sí alguna forma de percepción del tono, del timbre, del ritmo, de la presencia.


En paralelo a la fisiología, hay una capa filosófica que casi pesa más que los datos. Hablarle a alguien es darle vida. El oído, real o simbólico, se convierte en el último puente abierto entre su mundo y el nuestro.  Incluso en el escenario más escéptico, en el que la persona no percibiera nada, hablarle sigue teniendo sentido. Sirve para agradecer, pedir perdón, despedirse, soltar. Es una forma de editar emocionalmente la última escena, de darle una estructura al caos del duelo. La voz se convierte en un pequeño ritual: lo que decimos va hacia quien se va, pero también hacia nosotros mismos.


Por eso, en cuidados paliativos se insiste en actuar considerando que la persona puede oír. Para quienes trabajamos con sonido, tiene toda la lógica del mundo: si sospechas que queda un canal ahí, no lo llenas de ruido. Cuidar el paisaje sonoro significa evitar conversaciones frías sobre la persona como si no estuviera, reducir la tele a todo trapo con contenido aleatorio, priorizar voces conocidas, quizá alguna música significativa, y también aceptar el silencio cómodo. Y, sobre todo, usar la voz propia como herramienta fina: hablar con un tono estable, sin dramatismos impostados, pero con verdad. A menudo bastan frases sencillas: “estoy aquí”, “te queremos”, “no estás solo”, “puedes descansar”.


Podríamos tildarlo de autoengaño y decir que todo esto sirve para que la familia esté más tranquila. Pero, aunque así fuera, no pierde valor. En audio sabemos que hay señales que se oyen claramente, otras que solo se intuyen y otras que, aun sin ser conscientes de ellas, cambian el comportamiento del sistema: ruidos de fondo que modifican el umbral, resonancias que condicionan la mezcla. Quizá las últimas palabras alrededor de alguien funcionen igual: no sabemos exactamente qué efecto tienen, pero forman parte del diseño sonoro de su despedida.


Al final, “escuchar hasta la muerte” es algo más que una curiosidad fisiológica. Es casi una declaración de intenciones: mientras exista la posibilidad, por pequeña que sea, de que quede un canal abierto, merece la pena llenarlo de presencia, respeto y humanidad.


Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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