La dieta del buen oído
- Juanma de Casas

- 17 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 6 días

Si te pasas la vida entre PA y monitores, seguramente conozcas al detalle la curva de tus altavoces… pero quizá no tanto la curva de tu colesterol. Y, sorpresa: ambas cosas están más relacionadas con tu oído de lo que parece. Suena raro, pero es literal: hay estudios que apuntan a que lo que comes hoy puede influir en cómo vas a escuchar dentro de unos años. Vamos, que tu menú también tiene un pequeño impacto en tu rango dinámico vital.
La cóclea es una especie de “sala VIP” del sistema auditivo: pequeña, exigente y con unas células ciliadas que viven al límite. Dependen de una microcirculación muy fina y son extremadamente sensibles a cualquier cosa que altere el riego sanguíneo, la inflamación o el metabolismo. Ahí es donde entran en juego tus niveles de omega-3, folato, magnesio, B12… y, por supuesto, ese colesterol que a veces miras de reojo.
Los omega-3 del pescado azul, por ejemplo, se han ganado cierta fama porque en varios estudios la gente con más DHA en sangre presentaba menos pérdida auditiva con la edad. No es el escudo del Capitán América, pero tiene sentido: menos inflamación, mejor flujo sanguíneo, células ciliadas algo más felices. El folato (el de las espinacas, las legumbres, las verduras de hoja verde) también tiene su papel curioso: ayuda a mantener a raya la homocisteína, una molécula que, en exceso, castiga vasos y neuronas. En mayores, suplementar ácido fólico durante años ha llegado a frenar un poco el deterioro auditivo en ciertas frecuencias. No es milagro, pero para ser una simple verdura, no está mal.
Luego están los malos de la película: “colesterol y triglicéridos” disparados, presión alta, glucosa mal controlada… Ese combo favorece que se estropee la microvasculatura que alimenta la cóclea. Traducido al lenguaje del bolo: si estrangulas la línea de alimentación, tarde o temprano algo va a clipar, y las primeras en caer suelen ser las células más delicadas.
Como curiosidad extra, el magnesio aparece en estudios con ruido intenso como una especie de “refuerzo” frente al daño acústico: ayuda a que los vasos se comporten mejor y reduce algo el estrés celular. No sustituye a tus tapones ni de lejos, pero suma puntos. Y la vitamina B12, cuando falta de forma crónica, se ha relacionado con ciertos casos de tinnitus y problemas neurosensoriales, probablemente porque el cableado neural del sistema auditivo también necesita mantenimiento.
Al final, la “dieta para el buen oído” se parece sospechosamente a una buena dieta mediterránea: pescado, verduras, legumbres, frutos secos, pocos ultraprocesados. No te permitirá mezclar a 110 dB sin consecuencias, pero sí puede decidir cuánto tarda en aparecer ese zumbido que nadie quiere oír… justo en la profesión que más vive del sonido.
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