Las mil y una formas de referirnos al sonido
- Juanma de Casas

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Hay un superpoder que todos tenemos y que rara vez reconocemos: la capacidad de describir un sonido usando… “otro” sonido. Es casi un reflejo. Oímos un ruido extraño en casa y decimos que es “un clic”, “un ras-ras”, “un cric-cric”. No importa si somos técnicos de sonido o panaderos con talento para el baloncesto: nuestro cerebro lleva un pequeño banco de presets onomatopéyicos listo para dispararse en cuanto algo retumba, vibra o sisea a nuestro alrededor.
Y es que pocas cosas hay tan mágicas —y tan cómicamente humanas— como intentar explicar algo etéreo con una batería entera de adjetivos que no solo no describen materia alguna, sino que encima suenan. Es decir: para hablar de lo intangible usamos palabras tangibles… que imitan el sonido de lo intangible. Es un bucle lingüístico digno de un delay mal configurado.
Porque el idioma no se conforma con darnos términos técnicos: nos regala onomatopeyas con carnet de identidad. Algunas palabras no se molestan en describir: son el sonido.
Siseo es “ssss” con zapatos. Tic-tac es un reloj analógico diciendo “mantened la calma, aún existo”. Clic, crac, zas, puf… son pequeños samples del mundo físico convertidos en vocabulario oficial.
Y luego están las palabras que juegan a ser poéticas y acústicas a la vez. Crujido, retumbo, estruendo, zumbido, murmullo. No imitan el ruido: lo evocan. Tú lees “crujido” y ya sabes que algo se partió, rozó o protestó. Lees “zumbido” y te invade inmediatamente una sinusoidal sospechosa. Lees “susurro” y ya estás modulando tu voz al mínimo. Es un poder maravilloso: adjetivos que describen sensaciones que en realidad no se pueden tocar. Son como texturas que aplicamos a un fenómeno invisible.
En el mundo del audio, esta colección de palabras se vuelve todavía más divertida. Porque además de las onomatopeyas puras, manejamos un arsenal de adjetivos que rozan lo metafísico. Un bombo puede ser “gordo”, un agudo “afilado”, un ambiente “cremoso”, un ampli “calentito”, un reverb “húmeda” (sí, lo hemos dicho todos). Nadie ha visto jamás un sonido “cremoso”, pero todos sabemos cómo suena. Es un milagro psicoacústico que la RAE aún no ha terminado de procesar.
Si analizamos un poco, descubrimos que el idioma sigue una lógica acústica deliciosa. Las fricativas (s, f, sh) aparecen en todo lo que implica fricción: siseo, fssss, shhhh. Los impactos son oclusivos: p, t, k → paf, toc, clac. Los líquidos prefieren l y g: glugluglú, borbotear. Y si algo suena repetitivo, el idioma también repite: tic-tac, toc-toc, cric-cric. Y hasta los animales croan, graznan, pían, verbos nacidos de fonemas que sugieren su timbre real y que funcionan como atajos psicoacústicos para nombrar aquello que solo puede escucharse.
El lenguaje lleva siglos haciendo sound design sin cobrar derechos de autor.
Pero quizá lo más útil de todo es lo rápido que estas palabras nos comunican la experiencia sonora. Si digo “chirrido”, tú ya sabes el tipo de dolor auditivo del que estamos hablando —aunque aún no sepamos si viene de una puerta vieja, de un violín sin amor o de un coche que pide jubilación. Son atajos cognitivos: pequeños metadatos sonoros en forma de palabras.
Somos criaturas acústicas intentando ponerle nombre a un universo invisible. Y nuestro diccionario, por suerte, está lleno de clics, cracs, murmullos, chapoteos, retumbos y adjetivos imposibles que nos permiten describir lo indescriptible.
Juan Tarteso apoya este artículo



