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Los sonidos más agradables

  • Foto del escritor: Juanma de Casas
    Juanma de Casas
  • 17 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 días

Bebé riendo, pájaros piando, sonidos agradables

Hay sonidos que disparan todas las alarmas del cuerpo: tiza arañando pizarra, uñas deslizándose por la superficie, frenos de bicicleta que chillan, el agudo metálico de una amoladora. No hace falta ser audiófilo para notar cómo se te encoge algo por dentro. Y, sin embargo, en el mismo universo acústico conviven otros sonidos que te bajan el pulso: la lluvia golpeando suave, un arroyo de fondo, la risa de un bebé, el murmullo de un público antes de un concierto. Si lo pensamos en serio; ¿qué tienen en común “los sonidos más agradables”?


Si miramos con oreja de técnico, la cosa deja de ser tan misteriosa. Los sonidos que solemos percibir como agradables comparten un perfil que podríamos reconocer casi al vuelo en un analizador. Pensemos, por ejemplo, en el rumor de la lluvia o del mar en calma. A nivel espectral son, básicamente, variantes de ruido con cierto color: energía repartida de forma bastante amplia, sin picos agresivos, sin ese diente clavado en la zona 2–5 kHz que tantas veces asociamos al dolor o a la alarma. Además, no hay transitorios llamativos; todo entra y sale con suavidad, con una dinámica que respira sin sobresaltar. El resultado es un fondo sonoro que el cerebro etiqueta como “seguro”. Y cuando el entorno es seguro, el sistema auditivo se permite el lujo de disfrutar. 🔗El sonido como somnífero


Algo parecido ocurre con la risa, una voz calmada o un murmullo amistoso. Aquí, el juego ya no es solo acústico, sino biológico. Estamos cableados para prestar atención a la voz humana: sus formantes, su prosodia, sus microvariaciones. Si a eso le sumas un contenido emocional positivo (una carcajada genuina, un tono de voz cálido), se enciende el pack completo: córtex auditivo satisfecho, sistema límbico encantado. Una risa clara, sin distorsión ni aspereza, tiene casi la forma de onda del bienestar. No solo “suena bien”: significa que todo está bien.


La música consonante entra en escena con su propia lógica. No hace falta que sea una balada a 60 bpm ni un pad etéreo; basta con que el patrón rítmico y armónico sea razonablemente predecible. El cerebro ama la predicción: intenta anticipar lo que viene y compara con lo que realmente ocurre. Cuando el tema acierta el equilibrio entre sorpresa y coherencia —no demasiado caótico, no demasiado plano—, la respuesta es placer. Un exceso de disonancias, rugosidad o modulaciones erráticas cansa rápido; un paisaje sonoro demasiado estático también.


Hay otra familia de sonidos agradables que son pequeños foleys cotidianos: el crujido de una chimenea, el café sirviéndose en una taza, pasos sobre nieve recién caída, hojas secas bajo los pies. Si los analizas, verás que tienen bastante detalle en medias–altas, pero con transitorios controlados y niveles moderados. No perforan, acarician. Además, vienen cargados de contexto: casa, calor, naturaleza, ritual. El oído no oye solo el espectro; oye la escena entera, con toda la carga emocional asociada.


Y luego están esos sonidos que, estrictamente hablando, no son especialmente amables desde el punto de vista acústico, pero que el contexto convierte en algo casi eufórico. Piensa en unos aplausos masivos, un estadio celebrando un gol, el murmullo creciente justo antes de que empiece un concierto. A nivel de mezcla pueden ser un infierno: densidad brutal, rango dinámico irregular, mucha energía en bandas críticas. Pero sabemos que esos dB vienen de aprobación, celebración, pertenencia. El filtro emocional reajusta el umbral de tolerancia: aceptamos más nivel, más caos y más compresión de lo que aguantaríamos en cualquier otro ruido.


Si intentamos resumir todo esto sin convertirlo en un manual, podríamos decir que los sonidos más agradables suelen huir de la aspereza extrema, evitan los ataques violentos, distribuyen su energía de forma más amable y se mueven con cierta coherencia interna.


Al final, el tema no va solo de Hz, dB y espectros bonitos. Va de cómo dialogan dos capas: la del ingeniero que ve la forma de onda y la del cerebro ancestral que solo quiere saber si puede relajarse o debe ponerse en guardia. Los sonidos más agradables son, precisamente, los que consiguen que ambos digan lo mismo al tiempo: aquí estamos bien, puedes dejar de vigilar… y dedicarte, por una vez, solo a escuchar.

Juan Tarteso apoya este artículo

 
 

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