La memoria auditiva
- Juanma de Casas

- 17 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 6 días

Todos creemos tener buen oído… hasta que intentamos recordar cómo sonaba “ese” altavoz que escuchamos ayer. ¿Era más abierto? ¿Tenía más grave? ¿O simplemente nos pareció mejor porque costaba el doble? La memoria auditiva empieza precisamente ahí: en esa incómoda sospecha de que el sonido, cuando se va, no deja huella clara. Dicho sin rodeos: nuestro cerebro no está diseñado para “congelar” sonidos, sino para interpretarlos y reaccionar.
A diferencia de la memoria visual —capaz de retener formas, colores o caras durante años— la memoria auditiva es “breve, frágil y profundamente contextual”. El oído no fue diseñado para archivar sonidos como si fueran fotografías, sino para detectar cambios, amenazas y significados en tiempo real. Evolutivamente, recordar con precisión cómo rugía un león hace tres horas no servía de mucho; lo importante era oírlo “ahora”.
En términos neurofisiológicos, el sonido se desvanece rápido. La llamada memoria ecoica apenas dura unos segundos. Es ese pequeño “buffer” que nos permite entender una frase aunque alguien tosa al final. Pasado ese instante, el cerebro no conserva el sonido en sí, sino una “impresión conceptual”: más brillante, más oscuro, más agresivo, más cansino. No recordamos la señal, recordamos la etiqueta.
Esto explica por qué comparar altavoces, micros o incluso mezclas “de memoria” es un terreno resbaladizo, incluso para los oídos entrenados. El sonido es temporal, cambia con el nivel, con la música, con la sala y con la posición. Y además, el cerebro se adapta con una rapidez insultante: tras unos minutos, cualquier sistema pasa a ser “lo normal”. El oído recalibra, se resetea y sigue adelante como si nada.
A todo esto se suma un invitado incómodo: la expectativa. La marca, el precio, el tamaño del recinto, el cansancio o el café de después influyen más de lo que nos gusta admitir. Numerosos tests a ciegas han demostrado que, sin referencias inmediatas y con pausas de más de unos pocos segundos, la fiabilidad perceptiva cae en picado. No es falta de criterio; es biología.
¿Significa esto que la memoria auditiva no se puede entrenar? Sí se puede, pero con matices. Un técnico no memoriza sonidos como quien memoriza melodías, sino “comportamientos”: cómo responde un sistema a cierto nivel, cómo colapsa la imagen, cómo se degradan los transitorios o aparece la fatiga. Es una memoria analítica, no sensorial.
Quizá por eso la gran lección es humilde pero liberadora: si no recuerdas exactamente cómo sonaba aquel altavoz, no es un fallo tuyo. Es simplemente que el oído humano no guarda recuerdos; guarda experiencias. Y el sonido, como el tiempo, solo existe mientras sucede.
Juan Tarteso apoya este artículo



